Estamos en enero. Hace frío y no apetece salir. Los exámenes nos rodean como si fuesen monstruos. Pero yo me he encontrado con esta viñeta en uno de esas presentaciones que circulan por internet y me ha parecido digna de comentario.
Primero lo positivo. Ser joven es tener el libro de la vida en blanco. Hay tiempo para todo y hay muchas cosas por estrenar. Es tiempo de soñar, de imaginar, de desear. Son sueños que invitan a levantar la vista a lo lejos. No me refiero, por supuesto, a soñar con la salida del siguiente fin de semana. ¿Qué queremos para nuestra vida? ¿Qué camino me gustaría tomar? ¿Qué es lo que no me gusta de mi vida actual? ¿En qué me gustaría cambiar? ¿Qué es lo que no me gustaría que hubiese en mi vida futura? ¿Qué cualidades creo tener que me gustaría desarrollar? ¿Acaso estoy estudiando lo que estoy estudiando porque “me lo han dicho mis padres”, porque “tiene buenas salidas”, porque “es lo que hacen todos”?
Son muchas preguntas las que nos podemos plantear si nos atrevemos a soñar. Y más todavía si además nos atrevemos a intentar dar los pasos para hacer realidad nuestros sueños. Puede ser que entremos en conflicto con los amigos, que se pueden sorprender al vernos hacer lo que no está bien visto. Estaría bien volver a aquella película llamada Billy Eliot. O conflictos con los padres porque nos empeñamos en recorrer caminos diferentes de los que ellos quieren para nosotros.
La cuestión está en soñar y aclarar las ideas propias. No se trata de hacer “lo que me da la gana” sino de plantearse unas metas y trabajar por ellas. Eso es lo que hace grande a la juventud. Más allá de si no se consiguen todas. Da pena que algunos jóvenes se queden como el joven de la viñeta: tumbado en el sofá y pensando sólo en dormir. No se da cuenta de que se está perdiendo lo mejor de la vida: su propia vida.